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viernes, 15 de agosto de 2014

Nuestros amigos los árboles desde la óptica de Herman Hesse

Lo que los árboles nos enseñan acerca de la vida y la pertenencia.

por Herman Hesse /



Lo que los árboles nos enseñan acerca de la vida y la pertenencia, por Herman Hesse
Herman Hesse

  • «Cuando hemos aprendido cómo escuchar a los árboles, entonces la brevedad y la rapidez y la precipitación infantil de nuestros pensamientos alcanzan una dicha incomparable” afirmaba este genial escritor alemán.
Lo que los árboles nos enseñan acerca de la vida y la pertenencia, por Herman Hesse / 
Es dificil desasociar la sensibilidad artística de aquella que nos permite apreciar, y abrazar, el alma de la naturaleza. Incluso podríamos afirmar que la esencia primigenia de la estética, de las artes y de nuestras múltiples abstracciones en torno a la belleza, se origina en esa perfección retórica que pregonan las caídas de agua, las estructuras florales, los imperturbables desiertos o las intrigantes selvas.
 
Tomando en cuenta lo anterior no debiera sorprendernos que Herman Hesse, el genial autor alemán, haya sido capaz de hilar un tributo literario a los árboles -esos pilares que irradian una reconfortante sabiduría-, como este fragmento extraído de su libro Wanderung: Aufzeichnungen (Berlin: Fischer, 1920; traducido en inglés como Wandering: Notes and Sketches y en español como El caminante).
 
En sus copas susurran el mundo, sus raíces descansan en lo infinito, pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de su existencia una sola cosa: cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos. Nada hay más ejemplar y más santo qué un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con facilidad todo su sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas.
 
Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.
 
Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar por ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas; predican indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.
 
Un árbol dice: en mi vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre Tierra. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.
 
»Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo hasta el fin del secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es.
 
Traducción tomada de esta versión en línea. En el sitio del Premio Nobel, la bibliografía completa de Hermann Hesse. En El rincón del distraído, blog cultural dentro del diario El País, un interesante relato sobre las circunstancias vitales en que Hesse escribió este y otros textos, “aquella temporada en la que Hermann Hesse procuraba salir de aquel peculiar infierno”.

Fuente  Luz Arcoiris